Soy el producto de una maternidad aferrada que me hizo crecer dentro de un engranaje que ya giraba a máxima velocidad cuando yo llegué. Un sistema que no invita, sino que impone; que no nutre vidas, sino que las exprime hasta dejar solo el bagazo. Me siento como un pececito recién eclosionado en el fondo de un inmenso océano de gente alienada, domesticada y sometida. La única opción que nos venden es ser parte de este mecanismo de limitaciones y leyes que nos definen como "ciudadanos", una etiqueta que oculta nuestra verdadera naturaleza bajo una capa de deberes y protocolos.
Todo esto invade mi mente cuando cuestiono mi existencia. A veces creo que debería limitarme a ser lo que siempre quise cuando era un infante que alimentaba sus sueños con fantasías puras, antes de que el sistema instalara su software en mi cabeza. En aquel entonces, el horizonte no era una línea de producción, sino un abanico infinito: viajero del tiempo, agente secreto, ninja, el mejor jugador de fútbol, un gran inventor o simplemente tener superpoderes. No buscaba estatus ni dinero; quería ser algo que me hiciera sentir bien para disfrutar la vida. Pero con los años, esa curiosidad se transformó en una pregunta que la sociedad no sabe responder: ¿Para qué existo?
Desde mi mundo, observo a las personas en sus situaciones cotidianas. Las analizo con el desapego de quien estudia una especie distinta. Me detengo, introspectivo, y usando la tercera persona como un escalpelo, me pregunto: ¿Yo también me veo de esa manera para ustedes? La respuesta nunca llega, pero sospecho que la verdad es que todos somos vistos como funciones, no como seres. He llegado a la conclusión de que la mayoría son moldes vacíos, repetidos por el mismo ciclo vital de nacer para producir y morir para dejar el puesto vacante.
Camino por la ciudad y el "déjà vu" es constante. Cruzo individuos que juraría haber visto antes; no porque los conozca, sino porque sus gestos, sus ropas y sus expresiones de cansancio son intercambiables. Mi ego se realza mínimamente al notar mi propia desconexión, mientras mis expectativas sobre la humanidad caen en picada. Caminar por la calle responde a mi pregunta: la existencia promedio es una repetición de errores aceptados.
Como todavía se me clasifica como un ser humano común, me hago la pregunta que otros habrán formulado en su almohada: "¿Habrá vida más allá?". No hablo de galaxias lejanas, sino de vida real debajo de estas "pseudovidas" que arrastramos. ¿Hay algo que pueda manifestarse sin que las influencias del exterior creen un complejo que atente contra nuestra existencia esquematizada? Nos venden una vida en versión estándar, sin garantía y sin posibilidad de devolución. Nacemos para crecer, crecemos para estudiar, estudiamos para trabajar, y trabajamos para vivir. Es un círculo vicioso donde parece que nunca terminamos de liquidar la deuda de estar vivos.
Un ejemplo de esta patología es mi vecino. Lo observo estacionar su auto traído del futuro en la entrada de su cochera. Lo deja a propósito un poco afuera, un poco dentro, asegurándose de que esa mitad arrogantemente visible demuestre su "valuosidad" a los transeúntes. Es un grito desesperado de importancia. Mi actitud intrépida rompe la barrera del silencio y expulsa una verdad que él no quiere oír: "Sr. Vecino, trabajar 8 horas, seis días a la semana, durante casi todo el año, es una forma de atrofia existencial. Dígame, ¿en qué momento vive usted realmente? ¿O es que el auto vive por usted?". Hay una frase que resuena en mi cabeza como una sentencia: "El conquistador por cuidar su conquista se vuelve esclavo de lo que ha conquistado". Él no es dueño del auto; el auto es el dueño de su tiempo.
Incluso en el núcleo familiar, el sistema se filtra. Mi madre reitera que vive para nosotros, preguntándose quién se ocupa de ella. No entiende que el afecto no es una transacción de bienes o de "dar más" materialmente. El amor se ha vuelto una carga de deberes, y ella cree que mientras más nos da, mejor estamos. No es así. La singularidad se pierde en la entrega mal entendida, y se nos hace difícil ser particulares incluso en nuestros propios hogares. Cada ser humano es un mundo, pero como el espacio profundo, esos mundos están llenos de vacío porque nunca aprendimos a explorarnos sin el manual del sistema.
Uso la tercera persona porque es la única forma de honestidad radical. ¿No es absurdo que necesitemos un espejo para ver nuestro rostro, pero seamos incapaces de ver nuestra alma si no es a través del reflejo en otro ser humano? El espejo físico miente; solo muestra el envase. Pero hay quienes tienen el don —o el privilegio— de vernos desde su mundo hacia el interior del nuestro. Ellos ven nuestra naturaleza, la aprecian como algo preciosa y divina, libre de las etiquetas del sistema. Sería mágico que todos pudiéramos ver así, pero la mayoría prefiere construir una "pseudopersonalidad" diseñada para pertenecer y complacer a las masas, perdiendo su esencia en el proceso.
Mis viajes en colectivo son laboratorios de observación. Miro por la ventanilla las autopistas y veo miles de vehículos yendo en el mismo sentido. No tienen un destino común, pero sus recorridos son idénticos. Son robots en una cinta transportadora. El sistema no pregunta si queremos malgastar nuestro limitado tiempo de existencia; simplemente nos convence de que "pertenecer" es la única forma de no caer al abismo. Dicen creer en el destino para no hacerse cargo de sus decisiones, pero el destino no existe, como tampoco la casualidad. "Cosas de la vida", dicen, cuando lo que deberían decir es "consecuencias de mi propia inercia".
Al caer la tarde me dirijo a lo de mi abuela. Ella es la antítesis del sistema. Es tan natural, tan "ella", que la opinión del resto le resbala. Ella no está conforme con lo que vivió para el mundo moderno, y por eso ahora, en el descuento de su vida, ha decidido vivir para sí misma. Siempre he pensado que intentar caerle bien a todos es una señal de inseguridad profunda; carecer de personalidad es la verdadera tragedia de nuestra era.
Allí también está la vecina de mi abuela. Ella es carisma puro, una anomalía en el sistema. No la conozco del todo, pero su sonrisa me provoca un cortocircuito en mi lógica introspectiva. Es particularmente única. En el ascensor, rumbo al departamento, viví otro momento de ruptura: un señor subió con un aura de confianza legítima. Saludó a todos, dándonos la mano con una sonrisa real: "Hola, ¿qué tal sus días? Hoy me sentí solo y pensé que alguien más se sentiría igual". El silencio que siguió fue sepulcral. Nadie respondió. Al bajar, escuché a dos señoras murmurar que era un loco. Qué ironía: el único que intentó ser humano en un espacio cerrado fue diagnosticado como enfermo por quienes han aceptado la frialdad como salud.
Finalmente, en casa de mi abuela, la vecina nos visita. Su presencia hace que, por un momento, la tercera persona desaparezca y yo me vea en primera persona, sin necesidad de espejos. Ella me hace sentir que el "Yo" existe más allá de la crítica social. Todos necesitamos a alguien que nos haga sentir que la soledad es hermosa, pero solo cuando se tiene con quién compartirla. Cuando el mundo llame "raros" a quienes mantienen su individualidad, debemos detenernos y preguntarnos: ¿son ellos los raros, o somos nosotros los que estamos demasiado, trágicamente, normales?