jueves, 14 de julio de 2022

A quién le importa III

Dicen que el amor es una construcción, pero a veces se siente más como una demolición.

¿Quién no ha experimentado esa fuerza que nos magnetiza irremediablemente hacia otro ser? Quizás algunos no lo han vivido, pero incluso aquellos que desconocen este "meloso" estado han sentido algún desequilibrio tras conocer tan solo un poquito más sobre alguien. Lo maravilloso —y aterrador— es que ocurre de forma tan simple y cuasi-profunda que terminamos tropezando con la delgada línea entre la realidad y la fantasía. Otros, tal vez más sabios o más amedrentados por el miedo de ver su vulnerabilidad, rechazan la experiencia; simplemente deciden dejar de creer y de sentir.

Sin embargo, aún somos muchos los "desordenados" que caminamos sin control en esa mezcla de emociones que nos vincula a los demás. Padecemos de ese afecto que excede lo extraordinario y que, en ocasiones, nos aleja de la cordura sin dar tregua a la razón. Increíblemente, nos volvemos locos por alguien. Sufrimos una intensidad de anhelos que se descargan con la potencia suficiente como para morir y nacer de nuevo a nivel espiritual.

Tanto así, que nos perturbamos tan solo por la inquietud de que ese alguien ponga su cariño en un tercero. Somos celosos conscientes de que esa alteración de nuestras facultades sentimentales nace del recelo a que suceda lo contrario a lo que deseamos. "Nos hacemos la cabeza" solos y nos cuesta aceptarlo.

 Somos conscientes de que esto ocurre por ese "algo" que nos vulnera generando un deleite emocional que nos infunde placer. Esa fijación casi obsesiva hacia alguien que consideramos indispensable puede parecer absurda para el resto, pero nosotros regamos esa semilla porque nos hace bien. O eso creemos. El apego, esa magnetización se alimenta del tiempo compartido; la semilla brota y echa raíces fusionándose con todo nuestro ser.

¿Pero cuando no nos manifiestan su verdad? ¿Cuando no hay indicios de nada? La imaginación se vuelve nuestra peor enemiga. Sentimos una angustia que nos devora vivos, un vacío en el pecho que parece absorber todo el oxígeno que respiramos. A veces el riesgo es más imaginario que real; pero otras veces... Otras veces la desgracia sí es cierta. Ahí comienza el verdadero sufrimiento. Nos convencemos de que ya no pertenecemos a nuestro mundo, porque nuestro hogar era esa persona y nadie más. Dolorosamente el sentido de la vida se nos escapa entre los dedos, porque todo lo que nos constituye se familiariza con lo que realmente nos conforma.

Está claro que los excesos son una forma lenta de morir. Darle las llaves de nuestra existencia a otro es aceptar que, tarde o temprano, nos quedaremos en la calle. Cuando el pensamiento se pudre en negatividad el cuerpo responde y se desencadenan reacciones fisiológicas que intoxican nuestro interior; es la biología rindiéndose ante la pena. Cuando el miedo se vuelve crónico activa una alarma histérica en el hipotálamo y nuestras glándulas suprarrenales vomitan cortisol y adrenalina que inundan nuestro torrente sanguíneo. No es solo una sensación: es una intoxicación real. La sangre se desvía de los procesos vitales preparándonos para una huida que no tiene destino, dejando nuestras defensas en ruinas mientras el corazón late bajo un estrés que desgasta nuestra existencia. La dopamina que antes nos hacía creer invencibles, se agota, dejando que la ansiedad nos quebrante y que la depresión se instale como un veneno silencioso en nuestras células.  Es el cuerpo intentando sobrevivir a un peligro que no puede ver. 

¿Y ahora? ¿Qué hacemos con los momentos que construimos mientras soñábamos despiertos? Tantos anhelos perdidos, tantos deseos quedando en la nada. Nos torturamos pensando en lo que faltó por hacer. ¿Quién no querría retroceder el tiempo para arreglar las cosas? No hay nada tan doloroso como cuando la persona que amamos se "empacha" de las mariposas en el estómago. La rutina mata de forma pasiva, pero nosotros extendemos la agonía con una lealtad suicida. Juramos que después de esa persona nuestro idioma del amor es un idioma que ya nadie habla.

"Solo quiero una vida con vos y nadie más" debe ser la frase más usada por esos locos apasionados que apostaron hasta lo que no tenían en el juego, aun sabiendo que podían perderlo todo.

Tal vez tenía que pasar así. Tal vez no elegimos bien. O tal vez era la persona correcta en el momento equivocado. Después de todo somos humanos, la especie que más errores ha cometido en la historia. Expertos en tropezar con la misma piedra y llamarlo destino. Tenemos defectos y somos frágiles. El tiempo marcha indiferente a nuestro luto y todo lo que deja atrás. Quedan recuerdos lindos y malos, pero nadie vuelve a ser el mismo. Con cada día que pasa, transmutamos; no somos los mismos que amaron ayer, ni seremos los mismos mañana. A veces seguimos adelante sin voluntad, como una hoja arrastrada por una corriente que no elegimos. 

Dicen que lo que no nos mata nos hace más fuertes, pero no dicen que también nos deja en pedazos, con partes nuestras que se quedan para siempre con los seres que perdemos.

Durante nuestra efímera existencia libramos incontables batallas y volvemos llenos de cicatrices, visibles e invisibles. Pero sorprendente la capacidad de regeneración de nuestro espíritu es increíble. ¿Qué es lo último que se pierde cuando ya no queda nada? He visto insectos intentar seguir adelante aunque la crueldad arranque sus patitas; he visto animales determinados a pelear por su vida aun con heridas mortales. He visto corazones rotos dando amor y almas heridas consolando cuerpos fríos.

Después de todo... ¿Quién en su sano juicio elegiría herir a alguien si pudiera reconocerse en ese ser? El daño solo es posible cuando dejamos de ver humanidad en los ojos de quien tenemos enfrente. Definitivamente, debemos ser el cambio que queremos ver, pero ese cambio no nace de un decreto, sino de una rendición. Es la voluntad de bajar las armas para admitir que todos estamos hechos de lo mismo, del mismo miedo y de la misma necesidad de ser amparados. Ser el cambio es dejar de ser verdugos de una vida que ya es demasiado cruel por sí sola, y empezar a ser el alivio que buscamos en los demás.