sábado, 18 de febrero de 2023

La agonía de nuestra naturaleza

Soy consciente de que en todo lo que voy a decir en este sin fin de palabras, tal vez no diga todo lo que quiero decir, no porque me niegue a hacerlo ni porque alguien o algo me lo impida, sino más bien porque me es imposible calcular qué tanto tengo para contar. Sinceramente ya ni siquiera sé qué es lo que sé y qué es lo que no sé. Cada vez que profundizo en un tema, algo nuevo aparece. Cuando el gran filósofo Sócrates dijo "Solo sé que no sé nada", declaraba su ignorancia sobre diferentes saberes. Una frase común, cargada de certezas. Si uno se detiene a analizar y razonar sobre el profundo significado que carga esta afirmación, entiende de inmediato que es casi imposible saberlo todo. Es un hecho que todos los días aprendemos algo nuevo. Curiosamente a nivel individual tenemos cierto límite de tiempo para adquirir conocimientos nuevos, pero como sociedad la especie humana ha trascendido durante miles de años en sabiduría. Nuestra especie busca evolucionar a cada momento.

A lo largo de la historia, han existido varias generaciones de humanos. Cada una en realidades diferentes. Cada una en su época, con sus propios conocimientos, creencias, normas, filosofías y tecnologías. Aunque en la actual generación humana, la tecnología, ha estado tan presente en nuestras vidas que casi se ha convertido en nuestra naturaleza. De ser una herramienta útil a ser una necesidad impregnada a la existencia. Es increíble. Dejamos de lado la naturaleza de la que realmente venimos y construimos una artificial. Somos las primeras generaciones que están perdiendo la carrera contra la tecnología. Suena lamentable, pero para la mayoría la artificialidad es su única naturaleza. Se han vuelto tan dependientes que hasta se han creado ciclos de vida ficticios, de los cuáles ya no pueden salir.

Natural y artificial. Negativo y positivo, bien y mal, yin y yang, luz y oscuridad, el principio y el fin. Éstas dualidades son universales que dan paso a la armonía y el equilibrio que componen toda nuestra existencia. Lo que significa que pueden haber desequilibrios y el factor principal para que se rompa esta armonía es el mismo hombre. La misma humanidad es testaferro de todo el mal que lo artificial ha causado en la vida. Desde guerras con armas nucleares, hasta contaminaciones pasivas que han acabado con especies enteras. Siempre se ha cuestionado el tema del llamado avance tecnológico que crece a pasos acelerados con el pasar del tiempo y sobre los que manipulan esta poderosa herramienta, ya que han estado demostrando un nivel de inconsciencia que crece a la par.

"La humanidad no está preparada aún". Es otra frase que se ha inculcado a nivel mundial. ¿Qué tan cierta es esta frase? ¿Quién decide cuándo es que la humanidad estará lista para hacer bien las cosas? Y si no lo estamos... ¿Por qué siguen aún empeñados en descuidar tanto el planeta y la vida que solo pretenden seguir su curso natural?

Estamos asistiendo a una carrera frenética donde la biología humana ha sido forzada a competir contra un procesador que no necesita dormir, ni sentir, ni morir. Nuestra evolución biológica, esa que tardó millones de años en perfeccionar el diseño de nuestras células y la química de nuestras emociones, está siendo atropellada por una actualización de sistema cada seis meses. El mecanismo nos ha convencido de que nuestro cuerpo es un hardware defectuoso, una máquina de carne lenta y propensa al error, que debe ser optimizada mediante lo inerte. La obsolescencia programada del espíritu.

Nos han hecho creer que la tecnología es una extensión de nuestras capacidades, cuando en realidad es un sustituto de nuestras facultades. Cada vez que delegamos nuestra memoria a una base de datos, nuestro sentido de orientación a un satélite, o nuestra capacidad de juicio a un código binario, estamos atrofiando un fragmento de nuestra herencia divina. Lo artificial no está expandiendo al ser humano, lo está canibalizando. Estamos permitiendo que la red devore lo auténtico porque lo auténtico es salvaje, impredecible y, sobre todo, soberano. Y la soberanía es el enemigo número uno de los arquitectos del control.

La naturaleza de la que venimos tiene ritmos: estaciones, ciclos biológicos, periodos de latencia y renacimiento. La naturaleza sintética que hemos construido solo conoce un ritmo: la aceleración infinita. Hemos inyectado el virus de la inmediatez en nuestro sistema nervioso. Ya no podemos esperar, ya no podemos observar el crecimiento lento de una semilla sin sentir la ansiedad del consumo digital sin fin.

Esta desconexión no es un efecto secundario; es el objetivo. Un ser humano conectado a su biología es un ser humano conectado a la Tierra, y un ser humano conectado a la Tierra es peligroso para el orden establecido. Sabe cuándo la comida es veneno, sabe cuándo el aire está enfermo y sabe cuándo su espíritu necesita silencio. Pero el hombre artificial, ese testaferro de la inconsciencia, necesita el ruido constante para no escuchar el grito de su propia vida pidiendo realidad. Hemos creado una prisión de circuitos tan perfecta que ya ni siquiera necesitamos barrotes físicos; los barrotes están en la validación externa que recibimos cada vez que alimentamos el simulacro.

¿Quiénes son esos que dictan que no estamos preparados? Son los mismos que financian la destrucción de los ecosistemas mientras prometen un paraíso en Marte. Es la paradoja final: nos dicen que no somos lo suficientemente maduros para gestionar nuestra propia libertad, pero tienen el botón rojo de la aniquilación y las herramientas para editar nuestro código genético según sus intereses.

La verdad es que no quieren que estemos preparados, porque estar preparado significa ser consciente. Y la conciencia es incompatible con la obediencia ciega. El curso natural de la vida busca el equilibrio, la tecnología deshumanizada busca el dominio absoluto sobre la materia. Si seguimos permitiendo que la artificialidad sea nuestra única brújula, terminaremos siendo una especie de fantasmas biológicos habitando cascarones procesados, operados por una lógica que no nos ama, ni nos comprende, ni nos reconoce.

La carrera entre nuestra biología y lo artificial no se ganará con más dispositivos, sino con más humanidad. Se ganará recuperando el tacto de la tierra, el valor de la duda y la valentía de decir que no a la prótesis mental que intenta suplantar nuestro pulso. El planeta no necesita que estemos listos según los estándares de una corporación; necesita que volvamos a casa, a esa naturaleza real que hemos abandonado al fondo del océano de actualizaciones.