El Árbol de la Obediencia
Recuerdo que tenía entre 8 ó 9 años. Era un día de clases, como cualquier otro día de la semana. Llega la profesora al aula, cansada de dar la misma clase en seis escuelas. Nos saludó a todos, dibujó un árbol en el pizarrón y dijo: "Dibujen un árbol como el mío". Todos estábamos ansiosos por comenzar la clase de dibujo, que para nosotros era de arte, emocionados con las hojas sobre el banco, creyendo que aprenderíamos a ser grandes artistas después de esta clase.
Todos dibujaban o intentaban hacer el árbol de la profesora. Ese árbol hecho sin ganas, sin técnica alguna, parecía una burla. ¿Por qué teníamos que imitar el árbol de ella? Ese árbol con un tronco hecho de dos paréntesis opuestos y una nube para simular las hojas. Sin embargo, éramos chicos y ella era la profesora; todos hicieron lo que ella dijo. Un compañero intentó hacer uno como a él le parecía, pero no le salió muy parecido a un árbol. Y obviamente que no, si en la clase donde deberían enseñar a dibujar, no enseñaban.
La señorita de dibujo vio su árbol y dijo: "Este chico tiene un problema, por favor traten de mandarlo a un psicólogo". Todo porque no quiso reproducir el árbol que ella dibujó. A ella no le importó el árbol de Nico, ni el árbol de María, ni el de Luis, ni siquiera el mío, que era el gran dibujante del grupo. Ella quería que todos hiciéramos lo mismo, no quiso que intentemos hacer algo mejor de lo que ella hizo. Se ve que las diferencias le son un estorbo.
El silencio que siguió a su sentencia fue denso, como si el grafito de nuestros lápices se hubiera vuelto de plomo. Miré mi propia hoja. Yo había sombreado la corteza, le había dado raíces que se hundían en el papel y ramas que buscaban el margen superior, pero al escuchar el diagnóstico clínico sobre la creatividad de mi compañero, sentí miedo. Un miedo sordo, burocrático. Con la goma de borrar, fui decapitando mis ramas reales para sustituirlas por la "nube" reglamentaria. Borrar lo que uno es para parecerse al resto duele, aunque tengas ocho años.
Nico, el chico del "problema", se quedó mirando su dibujo con los ojos empa unñados. Su árbol no era malo; era un estallido de colores que no encajaban en los paréntesis de la profesora. Al tildarlo de enfermo, la docente no solo mató su interés por el arte, sino que nos dio a todos una lección de supervivencia: la excelencia es peligrosa y la singularidad es un síntoma.
Vimos cómo la maestra caminaba entre los bancos sellando las hojas con un "Aprobado" automático. No miraba los dibujos, miraba la similitud. El aula se transformó en una fábrica de nubes con palos. Al salir al recreo, el patio se sentía distinto. Ya no éramos niños jugando a ser artistas; éramos una masa que había aprendido que, para no ser señalado, hay que ser invisible en la multitud.
Esto pasa a grandes escalas y se llama homogeneizar masas. Y creo que todos sabemos que las masas homogéneas son más fáciles de controlar. Pero lo triste es que sucedió en mi escuela... en mi curso... a mis compañeros y a mí. Aquel día, el sistema no nos enseñó a dibujar; nos enseñó a podarnos hasta quedar todos a la misma altura.
Aquel mediodía, el arte murió bajo el peso de un trazo cansado. La profesora María no traía colores, sino moldes; no buscaba bosques, sino espejos que reflejaran su propio agotamiento. Dibujó un árbol huérfano de savia, un esqueleto de paréntesis coronado por una nube estéril, y nos pidió que habitáramos su desierto. Éramos pequeños arquitectos de lo invisible, pero la voz de la autoridad actuó como una helada temprana. Nico, que intentó atrapar el sol en sus trazos, fue diagnosticado con el pecado de la diferencia. Vimos cómo su pincel se volvía estigma. Entonces, por miedo al invierno del juicio, todos procedimos a podar nuestras almas. Borramos la corteza rugosa y las ramas que buscaban el cielo para sustituirlas por la geometría del silencio. Años después, el asfalto del mundo intenta cubrir nuestra esencia, pero bajo el cemento de la norma, todavía late el bosque que no nos permitieron plantar. Somos la resistencia de la raíz que, en secreto, sigue soñando con romper el molde.